FIESTA DE LAS AGUAS
Inundación de aguas por todas partes:
el barrio –unidad geográfica de la tribu–
luce como un pollo mojado sobre el pavimiento.
Aguas de río despanzurrado
inundando las calles de esta chola Venecia.
Aguas de mar loco, invasor y pendenciero.
Y donde vayas la lluvia tupida.
Noche de marzo, fiesta de las aguas:
aguas de sol, de luna, de chacra, de cielo
de toros divinos peleando.
Perseguidos, como en un sueño,
esperando en el paradero el arca de Noé.
GARZAS Y GAVIOTAS
La bicicleta estacionada junto a mi cama
descansa
luego de llevarme –caballo veloz– a visitar
el viento verde la tarde, las lagunas del sur,
los totorales.
Corriendo por la Panamericana
como un enamorado presuroso de llegar a la cita
gozo los kilómetros de descampado y de cielo.
Nadie me espera;
dejo, por lo tanto, libre a mi corazón para llenarse
de nubes marinas y del humo que brota
del paisaje.
Quise detenerme al divisar a lo lejos
a una muchacha que desaceleró el olvido.
Las piernas no me daban en la subida a Nuevo Chimbote,
me alentaron los borregos que pastan
a un costado de la carretera.
Pedaleando, volteo de vez en cuando para mirar
los altos barcos abandonados en el astillero del SIMA,
el junco que crece terco luego de ser sepultado por el río
Lacramarca,
los ojos de la mujer cuyo nombre no pronuncio
a fin de confundiarla con otras en mi mente;
las garzas y gaviotas que contemplan su tristeza
en el agua.
MIRADOR DE PÁJAROS
Pájaro que te retrasas, ebrio de mar,
de la bandada que prosigue su vuelo programado
hacia los parajes de tu especie:
el muchacho que juega abajo ya no esperaba
verte descender, desde que los pescadores
de atarraya abandonaron la playa desierta.
Y he aquí que tú desciendes, enamorado de las olas.
Antes que llegues, se entretenía arrojando piedras
al agua y al verte quiso tirarte una piedra a ti
pero tu alegre picada lo hizo desistir.
Hasta ahora nadie se detuvo así, en su corazón.
Bandadas de pájaros de distinto linaje
pasaron por el cielo, en todas las estaciones
y no se dignaron bajar.
El muchacho, que nadie todavía ha amado, presentía
que vendrías, por eso no se fue.
Dibujó tu figura efímera en la arena
y el agua lo borró.
Tú te zambulles y sales a secarte, airoso
en las ramas azules y dorados del verano.
Mareados por la brisa y el olor desquiciador del mar
estas aguas frías les retienen a los dos.
La soledad es extensa aquí y se puede amar
ilimitadamente.
Al quedarte, ya no conocerás la laguna
a donde se dirigen tus compañeros
ni las diminutas flores amarillas que acostumbra llover
en los ritos nupciales de los pájaros selváticos.
Si siguieras el vuelo indicado por el dedo
de tus padres, acaso serías feliz sin él.
¿Qué haría el muchacho, entonces?
Continuar compitiendo por las orillas
con los carros del aire y sus caballos blancos.
Cansado de jugar, tirado en la arena, esperaría
ver pasar la próxima bandada de pájaros o nubes.
Si te quedas compartirás su misma libertad
nadando en las aguas tranquilas
soléandote en las rocas sobre musgo seco.
Vivirán como dos niños persiguiéndose en la borda
inclinada del ocaso y el amanecer.
Hasta que decidas partir.
Entonces el mirador de pájaros, que te mira con mis ojos,
te verá volar y unirte a la bandada que regresa del sur
en mayor número y hermosura.
Y mientras desapareces en el horizonte
-desde donde nunca debiste venir-
él agitará sus manos, abajo, en la playa abandonada
ignorante del dolor que le espera
como un alegre y despreocupado hijo de náufragos.
EXTRAVIADO EN LA CIUDAD
Soy como un animal del campo
que habita en las colinas
y bebe en el arroyo y devora la yerba
que encuentra
y se aparea a cualquier hora
sin vestimenta, con el pelaje en contacto
con el aire, el agua y los astros.
Soy como un animal del campo
que duerme en el monte
entre la manada de estrellas.
Soy el caballo banco, desbocado, del mar
el cuervo brilloso de cielo
el perro salvaje de la pradera.
Soy como un animal del campo
extraviado en la ciudad,
es necesario decirlo, en mi descargo.
JADEANTE AMANECER
En el muro negro del amanecer canta el gallo
escucha el humano.
En su canto revientan olas de sangre
un mar espeso como masa humana.
Su grito horada el cielo como una piedra roja
el aire.
Humano preso sin gallo y gallo sin humano
más fácil tocar otro continente
más cerca el silencio del día
que el gallo de tu mano.
Jadeante amanecer:
un tipo desquiciado toca en un pedazo de tubería
–a modo de quena–
su trunco destino.
Cambio de turno, la sirena suena
como mandiles amarillos en el alba.
Portones abriéndose, hormigueo de obreros.
La noche escapa al centro sinfónico
o primorosa casa de citas en la cúpula de la tierra.
Y solo queda en el muro el sol opaco
como una lúcuma en un árbol de nubes.
SOL DE LAS CINCO DE LA TARDE
Sol de las cinco de la tarde
ni rojo ni negro ni dorado
sol del hueso y no del ojo
del corazón y no de la piel
sol recorrido y no fatigado
sol comprensible, de fuego medido
que no necesitas de calor
sol del disfrute, no del placer
sol del canto y del amigo
sol de las cinco de la tarde
sin reservas ni recuerdos
sol total
sin promesas ni ilusión
sol del remate final
del perdón no de la rendición
sol del cruce de la vida y de la muerte
sol de mi encuentro contigo
sol de las cinco de la tarde
sol mío, ciudad mía, mujer mía
sol brindado sorbo a sorbo
sol a fondo
sol de mar.
PURO CORAZÓN
Cuando me pregunto la edad me interrogo
en el espejo desastroso de la mañana, sino gruño
–lo cual es característico de un animal inseguro–
sonrío desganado y me digo soy puro corazón.
No entiendo para qué esta estructura
de carne, huesos y tendones,
cuando siento que soy puro corazón.
Puro corazón palpitando en la grasa de los días,
iluminado por el acto bueno en la penumbra.
Y cruel, como siesta de nubes heridas
en los ojos de la ciudad.
CONTRA EL TABÚ DEL ADIÓS
Cuando una pareja se separa
el hombre coge su ropa y sus libros y se larga
y la mujer queda hecha un mar de lágrimas
como si se fuera a morir de dolor.
El hombre, aparentemente más duro, dobla la esquina
y desaparece sin aspaviento.
Cuando una pareja se separa
todos se compadecen del sufrimiento de la mujer
y maldicen del hombre que la dejó.
Nadie se acuerda del hombre que vivirá
a salto de mata en cuartos alquilados
alimentándose en los restaurantes menos inmundos
con un problema serio en su aseo y vestimenta.
Seguramente la historia que cuentan de él
sórdida, apasionada, deleznable
no será la que se apodera de su mente y su corazón
cuando no tiene nada que hacer.
Tened también lástima, oh malas lenguas,
del hombre solo que empieza de cero!
AGRADEZCO A LA NOCHE
Agradezco a la noche por ofrecerme
la compañía del mar y el viento
y la arena blanda en demasía
por ponerme en el muelle que los peces
alumbran con sus bocas
por su música escapada del futuro
manando del cráneo de un hombre
enterrado en otra bahía
a la espalda del mundo
por iluminar el baile de la muchacha desconocida
en la playa plateada
girando verticalmente como una nube
que no puede ascender.
Agradezco a la noche especialmente
por su amable invitación al suicidio
que lo sabe hacer llegar
con la seducción del amanecer.
SENTIMIENTOS ABANDONADOS
No se consumieron ni olvidaron
por desidia o prematuro florecimiento
son el sueño, la mujer, la música que existieron
antes del cuerpo y el instrumento.
Tuvieron su año y fecha de vencimiento.
Brilló el cromo en sus contornos de objetos nacidos
fueron duros y volubles como el cielo de marzo.
Pero al no encontrar los brazos oportunos
el libro justo, la estación acorde,
se quedaron entre el alma y el cuerpo
quemando como besos de amantes muertos.
UN LUGAR IDEAL
Una casa frente al mar
y el bote esperándome diariamente
y una mujer que huye desnuda
en la madrugada: niebla y sol.
Y años, muchos años,
de elaboración meticulosa
del sonido seco de un disparo
ahuyentando a indolentes pájaros
marinos,
hundiendo dentro de mí la canción materna
–la única que perdura–
lejana en el pasado y en el futuro.
Y el cielo abrazándose con el agua.
ESCALERAS A LA SOLEDAD
Escaleras a la soledad,
se cierra detrás de mí la puerta de hierro.
El techo altísimo y el piso encerado al instante
por la sirvienta que se oculta
cuando alguno de los inquilinos aparece.
Subo las gradas de oscuro ocre rojo,
dan a pasadizos que no reciben la luz del sol.
Ni de mi cuarto se ve el cielo.
Encerrado, cumpliendo todas las funciones orgánicas
en una habitación que no es mía.
¿Qué he hecho para merecer este castigo?
No soy propietario más que de mi cuerpo
y temo enfermarme.
¡Qué Dios me aleje de un ataque cardiaco, un cólico
o un simple mareo!
¿Quién me atendería?
Si muero aquí, el dueño del edificio descubrirá
mi cadáver el día que venga a cobrar la renta.
Subo las gradas oliendo las paredes frescas
recién pintadas.
Ni una mosca, nada es sucio,
hasta el aire es desinfectado de olor humano.
Otros huéspedes se consuelan viendo televisión
o escuchando música, en radios que tocan por pena.
Mi vecino teclea su máquina de escribir por intervalos,
luego se deprime.
Catres suenan cuando a alguien se le ocurre traer
a una mujer para hacer el amor.
Una mujer que reirá y se sentirá feliz del lugar
porque se marchará.
Aquí he llegado a caer, y me podría ir peor.
Esta es la celda que he escogido para pagar
el delito de la creación.
ESCALERAS A LA SOLEDAD
Escaleras a la soledad,
se cierra detrás de mí la puerta de hierro.
El techo altísimo y el piso encerado al instante
por la sirvienta que se oculta
cuando alguno de los inquilinos aparece.
Subo las gradas de oscuro ocre rojo,
dan a pasadizos que no reciben la luz del sol.
Ni de mi cuarto se ve el cielo.
Encerrado, cumpliendo todas las funciones orgánicas
en una habitación que no es mía.
¿Qué he hecho para merecer este castigo?
No soy propietario más que de mi cuerpo
y temo enfermarme.
¡Qué Dios me aleje de un ataque cardiaco, un cólico
o un simple mareo!
¿Quién me atendería?
Si muero aquí, el dueño del edificio descubrirá
mi cadáver el día que venga a cobrar la renta.
Subo las gradas oliendo las paredes frescas
recién pintadas.
Ni una mosca, nada es sucio,
hasta el aire es desinfectado de olor humano.
Otros huéspedes se consuelan viendo televisión
o escuchando música, en radios que tocan por pena.
Mi vecino teclea su máquina de escribir por intervalos,
luego se deprime.
Catres suenan cuando a alguien se le ocurre traer
a una mujer para hacer el amor.
Una mujer que reirá y se sentirá feliz del lugar
porque se marchará.
Aquí he llegado a caer, y me podría ir peor.
Esta es la celda que he escogido para pagar
el delito de la creación.
ORÁCULO AZUL
Cuando la ciudad no tiene nada que decir
me queda el oráculo azul del mar.
En el espejismo de la playa retorno a buscar
ni nombre escrito hace muchos años,
la clave de mi existencia.
Solitario, uno en e mundo: carreteros escondiéndose
en sus huecos.
Ah, si volviera a ser un niño dorado como la arena,
desprotegido para la felicidad,
corriendo por la orilla del mar!
Desde la ventana del atardecer alguien espía,
muerte o paloma, muchacha que se fue.
Oscurece y el mar permanece callado,
se aleja el tiempo de la revelación.
A mi espalda, la ciudad se ilumina
invitando al juego de las ilusiones y el placer.
EXTRAPOLACIÓN
De pronto descubro
que la mano tocida del hombre a mi lado
perteneció a un monarca conspirativo.
Hago detener el colectivo para bajar
pues los que me buscan han detectado
mi paradero.
Cruzo la calle y me topo en la esquina
con alguien que muestra únicamente media cara
de bandolero.
Agazapado en su capa londinense, un siglo
de frío congelada, debe llevar puñal
puesto que el viento se eleva con la noticia sensacionalista
de mañana.
Apuro el paso preocupado.
Adelante camina una mujer con una cesta de frutas
extraída de la nevera del tiempo.
Salida por la puerta de alguna novela
carga una tristeza que no puede ocultar
en ningún tugurio.
Un ángel malévolo la empuja con su espada
a las calles tentadoras del centro.
Voy por su tras a ofrecerle compañía
sin sospechar que me acerco al desolado final
de un cuento.
CALLEJÓN DE HUAYLAS
De nuestro viaje por el Callejón de Huaylas
no recuerdo los nombres de los hoteles
confundo la ubicación de pueblos y ciudades
el curso de los ríos.
En cambio, recuerdo con lujo de detalles
las habitaciones donde nos hospedamos
tu amor tibio, tus pies fríos,
el olor del pan serrano y el café del desayuno,
la cama lindamente desordenada
y tu risa saliendo por la ventana al Huscarán
como jilgueros.
VEHÍCULO DE SEDUCCIÓN
Conversamos al final de la fiesta
después que los invitados se marcharon borrachos
y mientras tu esposo duerme cercano, dulce
con todo y zapatos, en el sofá de la sala, roncando
como una cigarra al amanecer.
Estamos cansados pero despiertos y lúcidos
inexplicablemente la noche no nos ha vencido
con su más sensual música
con su poderosa embraguez.
Preparas café, vehículo de seducción, que tomamos
en tazas de cerámica peruana
con adornos chinos.
Formas de pájaros van apareciendo en el patio
colgados de las paredes floridas,
húmedas por el gotear de una tubería.
Sin darnos cuenta
la noche se ha ido disolviendo
como un perfume en la piel pasados sus efectos
ardientes y fragantes.
Acaso la fiesta fue sólo un subterfugio
para llegar a este momento.
¿Acaso la fiesta fue sólo un subterfugio
para llegar a este momento?
Respiramos agitadamente
y se nos viene a la cabeza de golpe el humo interno
y rosado de alcohol.
Eternidad, diosa del vacío, nos espía desde el espejo
de una vitraina, en el instante en que el amor
pone su huevo de gozo en el corazón.
Estamos tan unidos como los muertos en sus paseos
domingueros.
Acaricio tu mano como el inicio de algo conocido
pero el ronquido de tu esposo rompe el silencio
tiene un terrible dolor de cabeza y pide una aspirina
y un plato de ceviche con bastante ají.
Acabo mi taza de café y tomo más café.
El sol ya quema en el patio, va friendo lentamente
a una lagartija que se dora como un Dios holgazán.
Nada que hacer.
Tal vez haya otra oportunidad
otra oportunidad exactamente igual
con la noche disolviéndose como un perfume misterioso.
Pero entonces ya no nos miraríamos con los mismos ojos
inocentes de esta noche
en medio del jolgorio y el puterío embozado de la fiesta,
porque todo sería una maldita farsa preparada
y no una suave caída a una equivocación.
PAISAJE MEDIEVAL
En tus ojos duerme el agua, el paisaje medieval,
la yerba dulce que mordió la oveja herida
el lobo enfebrecido por la sangre del cielo que persigue
la sombra azul de una campana sobre el corazón
del pastor.
En tus ojos detenida la melodía de un sueño
ardiente en a memoria,
uvas de fuego que devora la lejanía
el tren de la tristeza que piensa en ti.
En tus manos la luz matinal me levanta
del lecho atormentado
y la frescura alisa mi rostro para la fotografía
del desayuno y el amor.
En tus manos quietas el verano invade la oficina
masa de ansias soy por las caricias de tus manos
pasto donde caen las hojas golpeadas por el sol.
En tu boca descansa la fruta de los años
consumida y renovada, henchida y ofrecida.
Ignorantes los pájaros enloquecen en otras mieles
desconociendo tu boca espesa,
agua de rosas que alcanzo a oler
mientras me ahogo en el adiós.
FUERA DEL LIBRETO
Conocernos fue quizás un error que se pudo evitar;
amarnos, no.
Desde el inicio un relámpago denso nos fascinó;
pasaron los días, el cielo, la ciudad;
su luz, no.
Fuera del libreto escrito por anticipado nos encontramos
y, como variar la mirada de alguien que presentimos fatal,
pudimos alegar olvido y renunciar a todo;
al amor, no.
Y aún en el último instante,
cuando hasta la duda sucumbe
en íntimo acto de sacrificio,
pudo, al menos uno de nosotros, dar la vuelta y alejarse.
Una vez que nos miramos a los ojos, no.
Nadando en el sol de tu cuerpo
bajo el agua de tu alma
salir a la superficie, no.
Conocernos fue, acaso, como se dijo, un error evidente,
patético; amarnos, no.
AMO A ESTA MUJER
Amo a esta mujer, hoy no puedo decírselo, pero la amo.
Converso con el silencio maniatado, con la nada presa;
si no la amara estaría triste y desconsolado,
ni un periódico sensacionalista lograría entretenerme.
Amo a esta mujer, esta frase encierra todo: el sol
dentro de otro sol, la flor que el aire consume,
el pájaro que busca en el cielo un lugar donde morir.
Puedo, incluso, ser malo
pero no sería del todo malo porque yo amo a esta mujer.
Aquí en mi pecho está, caliente, como una palabra
habiada por la luz.
Así de simple.
La amo como un hombre ama, en forma total.
Solamente quisiera verla y decirle: te amo.
Que los túneles del silencio lleven mi voz a su oído
luego a los mares.
Amo a esta mujer y sé que me entienden a su modo
el árbol y la nube,
la opinión de la ils y el cielo también es favorable.
Si en todos mis días fuera desdichado y se me concediera
un instante a su lado sería suficiente.
La amo. Nada más.
DIENTES DE CASTOR
Se abre la puerta y desaparece
la luz exterior ingresa al cuarto, se revuelve
y sale como una ola, retorna contigo y con calor.
Tu cara es el cielo y pasas
afuera en la calle vacía el viento juega
con los volantes del suelo. Ya estás aquí.
Retroceden los gallinazos del miedo, azotados
por flores blancas, la luz se lleva todo el agua
que no era azul. Sonríes:
el río helado que me acompañaba desemboca
en un mar hirviente.
Tu pelo marrón ensortijado corona de miel tu cabeza.
Sonríes: tus dientes de castor muerden mi corazón.
El silencio es canción, la misma canción.
En tus ojos puros veo mi infancia
silbando versos oídos a los marineros
o quemando, por tristeza, yerba seca en los suburbios
compartiendo, más tarde, entre la risa del bar
la lectura de un manifiesto.
La radio apagada para que no nos hable de amor.
Nosotros no sabemos qué es el amor
apenas nuestras bocas se buscan incansables
girando como dos astros imantados.
Mi lengua, como un pez de agua dulce, nada en tu boca.
Se funde el reloj, destilándose a mis pies.
Huyen los zapatos, como animales vivos, a un rincón.
Las ropas son apartadas como ramas de colores
para beber en el estanque de la luna.
El tiempo suda para durar.
En rápidos ciclos una tormenta nuclear nos transporta
por los países de las hojas y la juventud.
Sueltas las flores que trajiste apretadas en tus manos.
Piel a piel:
la luz vuelve con un rumor de mar, con una brisa suave
resbala en gotas brillantes por tus hombros.
No me engañes, dices y te doblas
como junco al paso consentido del desborde.
Me da miedo tu fragilidad pero tu tallo resiste
tus huesos crujen como un piano húmedo.
Chupo las uvas de tus senos y me embriagan tus gemidos.
Miel humana empapa mis manos al acariciar tu vientre
y tus piernas.
Pequeña:
antes que manos oscuras nos separen de la luz
que juntan nuestros cuerpos, amémonos,
amémonos así, con la intensidad frenética
de una ráfaga azul pulverizando las alas a los insectos
que fastidian en la ventana.
De manera que baste solamente sentir lo que sentimos
para estar juntos otra vez, como hoy.
EN UN METRO CUADRADO DE SOLEDAD
Había arreglado mi cuarto
de modo que las cosas, si no hermosas, al menos
guardaran una relación de armonía.
La cama tendida, el piso trapeado, la ropa limpia.
Quería que escuches el bolero de Ravel,
siempre me imaginé haciéndote el amor escuchando
el bolero de Ravel.
Y aunque no acostumbro por motivos económicos
rosas frescas en la mesa de escribir sonreían
como coquetas Madonas.
Había arreglado mi cuarto, la red donde ibas a caer
seducida por tus propios temores.
Pero al encontrarnos donde habíamos convenido
nos dejamos llevar por la ansiedad,
la distancia al cuarto era tan larga como el universo
y nosotros no pudimos detener la explosión del sol
un minuto más.
Tuvimos que hacerlo ahí, de pie, contra la pared
en un metro cuadrado de soledad
con mis sinceras disculpas al cuarto arreglado
a las pobres rosas encarnadas
y al bueno de Ravel.
NO TENGO MIEDO PERDERTE
No tengo miedo perderte
se pierde algo que se tiene, una cosa adueñada
de ti ¿que tengo?
¿Cómo guardar tu perfume, atrapar tus besos,
apoderarme de tu cuerpo escurridizo?
No tengo miedo perderte
porque se pierde algo que se desprende de uno.
¿Y como sacar de mí tu amor
si tu aliento ha quedado incrustado en mis células?
Supón que mi cuerpo cayera como un árbol
al mar acelerado
¿acaso mi fantasma poético no te acompañaría
eternamente?
Alma de pájaro, si volaras para siempre
y tu cuerpo putrefacto alimentara flores de vida
¿no piarías en mi ventana
dándome los buenos días?
No tengo miedo perderte
porque cuando estás conmigo ya no estás.
Una noche un día no existen detenidos
eres pasado y futuro al instante.
Y por eso, lindo recuerdo haciéndote,
ahora que sueño con tu presencia y abrazo tus ansias
te amo con comodidad, con tiempo, sin desesperación.
Porque no te vas a ir
porque casi estoy solo contigo
y tu permaneces dulcemente esquiva, dentro de mí.
COMO UN VIEJO INKA
El viejo sentado en la piedra
recibe los ardores del sol en su rostro cobrizo.
Mirando el vacío, su largo pasado,
permanece recostado a la pared
hasta que el sol se hace ceniza.
No habla ni se molesta, apenas sonríe
cuando me reconoce.
Sé que me quiere, como yo a él, en silencio.
Apagándose lentamente, como un viejo inka, mi padre
se lleva, oculto, el orgullo
de sus victorias y derrotas.
SUEÑOS FAMILIARES
¿Qué fue del vasto dormitorio que pensó construir
Roberto el viejo, algún día, con sus ahorros?
¿Y la moderna cocina donde Bertha la Santa escogería
qué platos preparar con la alacena bien surtida
de alimentos?
¿Qué pasó con el comedor de los banquetes dominicales
suspendido entre el aire y la luz de Nuestro Señor,
siempre accesible
a toda clase de parientes e invitados?
¿Y el jardín con álamos y rosas donde jugarían
Alfonso el Sabio, Octavio el Poeta y Eugenia
la Cantante?
¿Dónde está el cuarto de las deposiciones y los baños
pulcro y perfumado para la higiene y la belleza
de sus cuerpos?
¿Y la granja de gallinas, patos y cuyes disponibles
para el cumpleaños de cada uno, Fiestas Patrias,
Navidad
y San Pedrito?
Desde que se invadió el arenal 20 años han pasado
y mientras los vecinos lucen prósperos
este es el lunar que impideal barrio ser inaugurado.
¿Cómo es que se esfumaron todos los planes y sueños
familiares?
Lo cierto es que una invisible escoba los barrió uno a uno,
no hubo construcción de casa
celebraciones patrias ni cumpleaños.
Roberto el Viejo
se cansó de trabajar, vendió sus herramientas
y se dedicó a recorrer cuantas cantinas se abrieron a la redonda.
Entre tanto, Bertha la Santa se defendió como pudo
bajo la protección de la Providencia que le alcanza
alimentos y medicinas.
Con el tiempo se insinúa la posibilidad de entregar
alguno de sus hijos a los servicios religiosos,
lo que no prospera
porque fíjense que Alfonso el Sabio es hoy Alfonso el Loco
Octavio el Poeta es Octavio el Rebelde del que nadie
da señas
y Eugenia la Cantante partió en una caravana
de espectáculos callejeros
escribiendo desde ciudades remotas que volverá
algún día
con dinero para ayudar a su familia.
Sus cartas abiertas al mediodía, son todo lo que disponen
en el rancho inundado del vapor de caldo de pescado.
Roberto el Viejo ebrio, invicto;
Alfonso el Loco sonriendo como una fruta perenne
y Bertha la Santa entonando cantos a la Providencia
que ha hecho florecer un frondoso maracuyá en el techo,
cuyos frutos, dulces y disputados, cuelgan de por sí
cada mañana.
CANCIÓN PARA RITA EN SU CUMPLEAÑOS
Día como tantos, ave de un solo vuelo,
es el cumpleaños de Rita y nadie lo recuerda
pero para ella es un día importante.
Invitando a algunos amigos se puede armar la jarana;
total, teniendo juntos a los hijos
así ni marido se tenga.
Al anochecer los vecinos aparecen
con botellas de licor como faroles en la niebla.
Ya reunidos, según se estila dignamente en este mundo,
no falta quien cede al peso de la ternura
y canta una canción para Rita en su cumpleaños.
A puro pulmón, sin guitarra ni cajón, canta
acompañado de todos
una canción que estuvo de moda en su tiemnpo
pero que ahora ninguna radio recuerda.
Luego se sirve la comida, se baila y se toma
hasta el amanecer.
Y al despedirse todos –los hijos durmiendo–
Rita, sola, conversa indefectiblemente
con sus cuarenta años!
CARTA AL FUTURO
A mi hijo Olivier
En este cuarto, donde apenas caben la cama
y los libros de tu padre
fuiste hecho una tarde fría de primavera
con el cielo nublado
y Olivier Messiaen dirigiendo su cuarteto
para el fin de los tiempos.
Tu madre tenía 17 años y venía a escondidas
esperando que las calles estén desiertas.
Recuerda, cuando seas pequeño y cuando seas viejo:
ellos se conocieron, se amaron y te engendraron
en pocos meses.
No podían esperar, quizás tú te hubieses alejado.
¿Qué iban a esperar del futuro que fuese más hermoso?
En la plenitud de su amor tu viniste
en un cuarto desordenado y con olor a naranjas
peladas.
Nadie estaba de acuerdo con los encuentros
de tus padres y eso no les importaba
sólo vivían para ellos, cuidando este pequeño rincón
de ternura, alimentando tu espíritu de besos.
Tu padre fue en su tiempo un escritor
no sé si bueno o malo, solamente un escritor.
Cuando se conocieron tu madre tenía ojos sólo para él
y sus ojos eran como los tuyos
dulces y misteriosos.
Lo más gracioso de ella eran sus dientes.
Dientes de castor, la bautizó tu padre y así la conquistó.
Al principio ella se cuidaba de quedar embarazada
y tenía miedo a la vida como todos los mortales.
Hasta que un día en el delirio rosado y lúcido
de la carne
tu madre deseó profundamente que si algún día
tenían un hijo, fueses como él.
Así te hicieron, en este cuarto, una tarde fría de primavera
sonando en la grabadora el cuarteto para el fin
de los tiempos.
HABLAN DE UNA CIUDAD
Hablan de una ciudad envuelta en humo
donde no se puede vivir con propiedad ni dignidad,
cuentan de un puerto violento y peliculero
de una bahía que fue azul de islas
que permanecen blancas.
Escriben de un infierno que no vio Dante
(más pequeño, pero con más capacidad)
y del llanto mudo de los explotados.
Se escucha la voz de gente que discute el porvenir
y el rumor del poblamiento incesante.
Charlan el mar y el valle, antes ignorados entre sí.
He oído de cambios y mejoras, de infortunios y repentinas
alegrías, de fiestas y velorios.
No sé de qué ciudad me hablan:
yo siempre he estado aquí, a veces saludo
cuando reconozco a alguien.
Mayormente permanezco matando mis pulgas
ajeno al tiempo, blanqueado por el sol.
CONVERSANDO CON EL PASADO
De vuelta a esta grata bahía
donde entoné de escolar cantos a la pesca,
encuentro una charca de aguas retenidas y apestosas.
Como Neptuno moribundo emerge el día
arrojando sucia espuma por los labios.
El pasado y mi literatura se mezclan en olas agitadas.
Ahora soy un hombre que dice lo que siente y piensa
sin temor a censuras o elogios.
Camino por la arena llena de huesos y latas.
los barrios lucen más poblados; ya saben a qué me refiero.
Me atraen otra vez las lanchas en la noche,
las boyas rojas, iluminadas, y el muelle en semi penumbra
como un burdel desolado.
Amaneciendo, la isla blanca brilla como un bosque
de chatarra.
Escasos turistas caminan por la ciudad;
los hoteles son ocupados por parejas desesperadas
y hombres de negocios.
Me confundo con la gente en el mercado.
He estado un tiempo fuera y he vuelto
como si no hubiese pasado nada.
Pero han pasado tantas cosas y yo ya no soy el mismo.
APRETÓN DE MANOS
En mi archivo personal de sucesos impactantes
e inolvidables
destacan el crepúsculo insomne
la sensación de frescura en la manta blanca del cadáver
que iba a resucitar
la ternura asfixiante en la caricia de la madre al niño
el incendio de un edificio en el centro de Lima
el caballo de Pablo detenido con las patas en alto
cegado por luz celestial
las palabras de la muchacha que me quiso
por primera vez
la melodía mal compuesta de la historia
el ruido primitivo de la fábrica
las huellas que dejan en el aire los dedos manchados
de polen del arpista
la tonada del cosmos y su coro de compadres.
Ya pesar de mi maldad evidente
al conservar la unidad de mi cuerpo
y amarrar mi lengua a la lengua de mi amada
al no cantarles a los niños que se arrastran tullidos
al encerrarme en mi casa, lejos de los vivos suplicantes:
confieso no recordar nada más reconfortante y hermoso
que un apretón de manos de dos personas
que no tienen nada.
BURDEL DE PROVINCIA
Para quienes a las justas les alcanza
para pagar un polvo barato
o quieren variar el hastío conyugal y no les liga
un lance
o, porque no, por perversión
se construyó aquí el burdel.
Con sus clientes fijos
en el interior no hay mucho que escoger
semana a semana rotan de cuarto en cuarto
pujando por lograr el mejor ajuste
una dosis de placer mayor.
Detrás de la oscuridad
las mujeres esperan adornadas con los reflejos
de la iluminación.
Con las manos se cogen las tetas flácidas en punta
cubriendo su voluminoso vientre con un velo negro
o celeste
mostrando de costado –estilo contraluz de Rembrandt–
el ancho trasero.
Miran dulcemente como novias degolladas repitiendo
hasta el hartazgo frases de invitación
repitiendo frases de invitación que coinciden
con el paso veloz de los rostros en la puerta
y los laureles del patio.
Demás está decir que se esmeran
porque no tienen mayor apuro, que les queda
sino vivir puteando con la muerte.
Algo deben saber de estas artes
pues los pasajeros se sugestionan
se convierten en los amantes más grandes
del mundo
se cumple su sueño de actuar en una película porno.
Y aunque en este burdel de provincia
las mujeres no pueden compararse con las de New York
Miraflores o París
son un consuelo para quienes a las justas
les alcanza para pagar un polvo barato
para variar el hastío conyugal cuando no les liga
un lance
o también, por supuesto, por perversión.
CEMENTERIO DE CHIMBOTE
Cementerio de Chimbote, ciudadadela de muertos,
isla de silencio blanqueada por el sol
te levantas sobre un osario enterrado
–otros huesos, otras familias, otras culturas–
con miles de niños superpuestos
como panales del averno.
Arquitectura del tiempo que no da tregua
a los felices e infelices
a los satisfechos y a los desheredados.
En tus cuevas de silencio y destrucción
–iguales son aquí flor, gusano, miel o hez–
yacen perdidos en medio de una muchedumbre
de cadáveres más anónimos y desamparados que nunca
piedras que fueron mi hermano mis padres
mis amigos sorprendidos de estar muertos
como lo estuvieron de vivos.
Sin cesar visitados, a veces inoportunamente.
Y llegando las almas todo el día
con sus equipajes de recuerdos, cantos y lloros
viéndolos partir –así se trate de sus más queridos
hijos–
nada dicen el mar, la ciudad o el cielo
de este Chimbote enfrascado en asuntos peores
–-sin lágrimas en el entierro de sus muertos–
mientras parte el barco, ruge la fábrica,
corre el microbús y el poeta adolescente
todavía escribe versos eternos a su amada.